ED. LA PALMA colección:eme

eme ::: ESCRITURA DE MUJERES EN ESPAÑOL

Pilar Martín Gila en la mirada de Ildefonso Rodriguez

Reproducimos el texto leído por el poeta y músico Ildefonso Rodríguez en la presentación del libro Otro año del mundo, de Pilar Martín Gila, que tuvo lugar en la Fundación Segundo y Santiago Montes, en Valladolid, el pasado viernes 6 de marzo.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ en TAM TAM PRESS

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Ante todo, felicitarnos por poder repetir (son los rituales de la repetición) aquellas palabras de Saint-John Perse que me vuelven siempre en ocasiones semejantes, desde que las conocí, son casi ya un amuleto, una llamada al porvenir de mis amigas y amigos escritores; son las palabras de la “Canción” que cierra su Anábasis: “Pero de mi hermano el poeta se han tenido noticias. Ha escrito de nuevo una cosa muy dulce. Y algunos tuvieron de ello conocimiento…”.

Cuando presenté en Madrid, hace un par de años, el anterior libro de Pilar Martín Gila, Ordet, me dediqué a hablar de algo que quizás hubiera convenido más hablarlo aquí, que es uno de los lugares donde prosperó lo que he ido llamando la Gran Ilusión, la política de los encuentros, el vuelo y el signo del gorrión. Me referí al sueño de la poesía, que es lo que yo he vivido como lector y escritor de poesía. Me referí al encuentro decisivo con Pilar mediando un indicio de semejanza que me parecía ver, como cosa mía, entre lo suyo y lo de mi amigo Tomás Salvador González. No voy a repetir lo que entonces dije. Sólo una muestra: cuando hace unos meses presentaba el libro de Tomás (este casi vicio mío de la presentaciones), citaba un verso: “en todo bulle un presentimiento, también en las palabras”. Y ahora leo en este libro: “el cauce dormido del presentimiento”. El presentimiento, la inminencia latente, los silencios como expectativas; todo eso, cada uno a su modo, Pilar y Tomás lo manejan con maestría y son el hilo oculto de su escritura.

Bueno, estoy dando testimonio de un hecho: las afinidades electivas (elegidas por mí, claro está, pero sometiéndome a un poder que me domina: el poder de los azares y los encuentros, el de la amistad). Otras veces me habréis oído lo mismo: que para mí la poesía es un habla de amistad y eso es lo que de veras me importa de todo este asunto, eso es lo que primero me dicen los poemas: un ser amigo de ellos, un sentir al poeta como próximo y aliado, como alguien que se acerca (yo me acerco) para decirme eso que me está diciendo, aunque yo mismo no sepa muy bien de qué se trata.

Y por eso es por lo que estamos aquí: como un acto de simpatía, de reunión. Con una poeta y con su libro, que ya está ahí afuera y pide algunos cuidados. Mi cuidado es la lectura que ahora voy a contaros, una de las que he ido haciendo desde que lo conocí en manuscrito (qué gusto —y van ya tantas veces —leer en libro lo que conociste manuscrito, cuántos libros hermosos y verdaderos me ha sido dado leer en esas dos regiones, lo íntimo y lo que ya es de nadie y es de todos).

Voy a leer, como una presentación de algunos motivos que después iré desarrollando, las notas que entonces le envié a Pilar:

I

Cómo balancea el libro ligereza y densidad, cómo se deja leer y a qué fondos nos lleva.

Y cómo balancea también la ternura y la firmeza de lo dicho, temblor y pie firme (eso es algo muy tuyo).

Nunca como hasta ahora te he visto ejercer con tanta eficacia tus saberes musicales: las permutaciones, las repeticiones, la serialización del relato, los desplazamientos…

Y esa forma del poema tan tuya, el ensamblaje de las cintas de prosa y los versos.

Palabras decisivas: presentimiento, la primera. Amenaza, la segunda. Noticias, noticias, la gran clave (me parece leer).

Sorpresas: palabras de lo urbano (autobús, motos de pequeña cilindrada, portátil, basura, los 140 caracteres, ¡hasta un balde!) en contraste con la cabalgada, el bosque, lo que se solía llamar naturaleza. Y el siglo, el pasado siglo.

En esta primera lectura: la aparición de la cerillera, que le da un giro al cuento, a la leyenda de Goethe, pues aparece un cuento otro, para decirlo en afrancesado. Pero como no me gusta ponerme a buscar significados simbólicos, no sigo. Sólo sé que esa figura es decisiva y viene al libro “con el revés del código en la mano” (ahí, en esa fórmula, esta gran parte de tu poética).

Poco más: que las cosas están con la vida que siempre tienen en tu escritura (pero no en el interior holandés, o danés, como estaban en Ordet, o en un corral, como en Demonios y leyes; aquí están de otra manera que es muy inquietante, en general, y que tendría que ver con el mito, creo).

II

Ahora trataré de hacer más explícitas estas notas, que pueden sonar un tanto secretas o privadas.

Otro año del mundo arma su relato sobre dos ejes, o dos espacios que parecen discurrir en paralelo, como dos cintas sin fin, dos hologramas complementarios. El primero es una balada que sigue el motivo mismo de la balada de Goethe Der Erlkönig, El rey de los elfos. Una balada llena de ternura, suavidad, mecimiento, casi como una nana. Una cabalgada nocturna a través de un bosque (el caballo puede que sea la yegua de la noche, la nightmare, la pesadilla). Como en la “Danza clara” del poeta José María Eguren: “ríe danzando con el niño la muerte”. Hay después un breve “Tránsito” y aparece el segundo espacio o capítulo, “Se oye gritar entre sueños”.

Son numerosos los indicios que hacen pensar en que los dos espacios, las dos cintas, son el sueño y la vigilia, o el mito y la realidad, o esa dialéctica que alimenta la poética de Pilar y que tan bien está dicha en el título de otro libro suyo: demonios y leyes, lo informe y lo conformado, naturaleza y ciudad. Alejandro Gándara ha escrito una poderosa semblanza de ese bosque y la cabalgada nocturna; cito: “La noche y el bosque, los ríos o las luces presentidas de las aldeas componen un universo tan denso e inquietante que acaba por ser mágico”. Y concluye: “De cierto, el poemario de esta autora abre un espacio en el alma (y en el pecho) por el que entra todo el frío y toda la oscuridad que recorre el cosmos de un extremo al otro”.

A mí me parece que esto, a pesar de haber sido tan hermosamente dicho, es decir poco (o demasiado, según cómo se mire). Porque nada es tan claro en esta poesía, en la poesía. Para empezar, cabe la duda de que las dos cintas sin fin, los dos tiempos, lleguen a comunicarse. O, sospecha contraria y abismática: que ambas sean el desdoblamiento de lo mismo, las dos caras de algo que sólo la poesía puede nombrar o acceder a ello, si posee la contraseña, el shibboleth de Paul Celan, y aquí esta dicho así: “la letra que nada dice cosida en los puños”.

Djuna Barnes escribió su propia contraseña en la novela, El bosque de la noche: “Nightwood es bosque nocturno”; y ya está todo dicho. (“¿Quién recuerda lo que es un bosque?”, nos pregunta el libro de Pilar).

La música de las repeticiones sería otra de las contraseñas que nos permitirían sostener la realidad de ambos mundos, transitar por ellos, a base de repetir, de cantar, cantinelas que parecen ser invocaciones: para alejar el miedo en el bosque (“No tengas miedo, mi niño, no tengas miedo” “Tengo un regalo para ti”, variaciones del miedo y del amor, coplas cantables); o para que llegue el día, el despertar: la cantinela ahora es: “Así despuntó la mañana”, que funciona como una pauta del pensamiento, que apela a la razón, a la norma; casi como un axioma poético se dice esto: “para pasar el sueño de pie, lo más cerca posible de un insensato baile, seguros como estamos de no poder dejar la razón en las cunetas sin que todo se vuelva más difícil”; y también: “todo el fuego de casa prometía cobijo a la razón”. Ahí estaría el programa, la poética (aparente, creo) de la segunda parte del libro. La razón, como asidero y defensa ante los demonios, o la figura del loco que tanta actividad tuvo en Ordet. y que reaparecerá pronto aquí en una figura inesperada, la cerillera del cuento de Andersen.

Pero de las repeticiones nos ha dicho la propia Pilar en un escrito magnífico sobre un poema de Felix Grande: “Hasta que llega un momento en que este volver se anticipa, y bien sabemos que eso mismo, la anticipación, está en la base del sufrimiento. Pero también ahí se experimenta el placer, en la repeti­ción, en la anticipación”.

Así pues, todo es menos claro de lo que parece; de pronto, en medio de la ciudad, canta con palabras hermosas el pájaro de la poesía o las aguas enloquecidas buscan su madre. Y el miedo, otro de los ejes del libro hace su aparición en la amanecida, el miedo se hace cuerpo, se encarna en una temible apariencia: “Y todo ese ruido baja dando tumbos, encorvado, por la escalera”.

La calle, el caballo, el baile, el sueño del bosque y el sueño de la ciudad, la melancolía, el sueño de la razón, el mito, el tiempo, la pena, el despertar: todo está contiguo, todo sucede en correspondencia.

La poesía alimenta la contradicción, anida en ella; “y nada se repite”, leemos en algún momento del libro, casi como un deseo, para salir de esa circularidad, ese eterno retorno de lo mismo que es, me parece, el núcleo de Otro año del mundo. Romper el ciclo de lo idéntico, de lo que llamamos realidad frente a lo ilimitado y disforme, al mundo que nos sobrepasa. Pues la repetición nos estrecha el mundo, lo hace espejismo, se viene también a decir aquí. Por eso, ya al final del libro, la aparición inesperada de la cerillera, la de Andersen (y es también la chica de la fábrica de cerillas de Kaurismaki), la que podría romper el “insensato baile” de las repeticiones. Es la incendiaria del sueño, la llamada a la ekpyrosis presocrática, se la desea y se la teme, se la conjura con la pequeña esperanza incluso de que “las sombras sean literales y no guarden nada en su interior”. “Si no muere de frío la cerillera, tendrá que incendiar todo lo que soñaba”. “Si no muere de frío la cerillera, tendrá que incendiar lo que la adormece”.

El loop desmesurado al que me estoy refiriendo, la entraña de este libro, sucede ante un umbral. Y no encuentro mejor manera de contarlo, cuál sea ese umbral, que recordar la estampa o parábola de Kafka, titulada Regreso al Hogar. En esencia, se trata del hijo pródigo y la vuelta del revés que da Kafka al cuento tradicional. Escribe al final de su breve y absoluto relato: “Lo que, además, ocurre en la cocina es un secreto que los que allí están sentados me ocultan. Cuanto más se duda ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué pasaría si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?”.

Creo que ése es el umbral ante el que se detiene el poema, o mejor, el poema sucede ante ese umbral. Lo llamaría el centro móvil de la poesía. ¿Hay un centro en la actividad poética? Yo creo que el núcleo del asunto es que un hablante (¿alguien conoce a algún poeta mudo?; mancos y ciegos sí, pero ¿mudo?) tome la decisión (o el impulso) de hurtarse de vez en cuando al flujo del habla, con sus casi ilimitadas variantes, todas con sus respectivos patrones, incluidos el delirio y la locura, incluida la más libre de las hablas, el hablar por hablar (“Hablar por hablar es la fórmula de la liberación”, escribió Novalis); el poeta, la poeta, es alguien que se hace con un espacio propio, una madriguera (lo que, precisamente, Walter Benjamin atribuía a Kafka: un madriguerismo radical) donde hablar, musitar, cantar, gritar, en su lengua materna y a la vez en extranjero. Pues la poesía habla en lengua materna, pero habla también en extranjero esa misma lengua. Para a hablar con el extranjero que es siempre el regresado al calor del hogar. Para hablar a solas él o ella: con la mayor concentración de sentido posible (y no entremos en qué sea eso del sentido: siempre hay algún sentido, aunque sea para pelearse con él). Escribir poesía es un regreso al hogar, pero a ese hogar al que se ha referido Kafka; releo: “Cuanto más se duda ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?”.

Otro año del mundo se abre con una pregunta, como la propia balada de Goethe: “Quién cabalga a través de la noche de vuelta a casa…”. Ahí estamos, en la vuelta a casa. Pero ahora ya sabemos, Kafka nos lo enseñó, que no es posible tal vuelta, que hay una doblez en todo, como se lee aquí: “esa mano amorosa que sostiene en su cuenco la amenaza”, “por eso todo retorno es desviación”. Pilar Martín Gila ha retomado la gran cuestión del ciclo incesante, el loop que nos vive, exilio y retorno, y lo ha hecho con la intensidad única de su habla poética. Creo que éste es un libro hermoso y raro y yo recomiendo vivamente su lectura.

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Esta entrada fue publicada el 8 marzo, 2015 por en ENTRADAS, RESEÑAS.

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