ED. LA PALMA colección:eme

eme ::: ESCRITURA DE MUJERES EN ESPAÑOL

Jardín de arena en Revista Quimera

Por Aitor Francos

Revista Quimera nº 377

El poeta, una vez que ha aprendido a convivir con los límites de la muerte, busca en la poesía una utilidad: acercarse a lo real. En Jardín de arena, Julia Otxoa rastrea hasta las últimas consecuencias el origen y la heredad (“Mis huellas en la tierra para que en su oquedad descanses”) de un lenguaje nuevo (“Nacer, nacer de nuevo al balbuceo del resucitado”), para reformular e interrogarse sobre el significado de lo poético en la vida (“¿Hay significado en estas páginas de arena?”). Éste es un libro de contrastes (“Contrapunto en esta tarde gris, un petirrojo sobre el alero”) y de indagación en la eterna dualidad de las especies naturales. Si el desierto nos trae un pasado de injusticia, el jardín es el lugar en el que la memoria reivindica su espacio para la creatividad que redimirá a un ser humano desnaturalizado y decepcionado. La de Jardín de arena es una tierra alejada de la solemnidad, próxima a la expresión del cuerpo y a la cimentación de los ciclos naturales, una tierra presente como algo casi sólido, de cualidades puramente táctiles (“Hoy no necesito escribir, tan sólo sentir el contacto de mis manos en la tierra colocando en pequeños surcos los bulbos para que florezcan la próxima primavera”) y en la que morir, cito a Jankélévitch, es la condición misma de la existencia. En ella coloca Julia Otxoa su escritura, que se desvincula del tono hímnico (“Toda solemnidad es ajena a la naturaleza”) y se acerca a la humildad de la palabra sin artificios innecesarios (“El canto entre la arena, desentierra el bosque y la palabra”). Sobre esa tierra el vuelo aparece como el estado original del pensamiento poético (“Humilde reflexión de vuelo: la sombra del pájaro dibujada en la tierra.”). Así, el poema no deja de ser un paso vacilante a lo elevado (“Duda el pájaro, y dudando, más asciende”), a un mundo cuyo avance es innegable cambio (“Ser con todo el Universo, tránsito, metamorfosis, movimiento”), y en él, cualquier acto, por insignificante que parezca, supone una variación irremediable del mundo (“De pronto, el vuelo de un pequeño pájaro irrumpe en el interior de un museo, la quietud estalla, todo cambia”), y el poema, en sí, casi un elogio y un reafirmación de la levedad e insignificancia de la vida misma. Si bien la naturaleza descrita por Julia Otxoa se aleja del cualquier posible deuda con la divinidad (“Nunca oraba en el interior de los templos, siempre lo hacía fuera, en el paisaje junto a los árboles”) y el hombre debe fijarse, desde el panorama de la admiración, justo en aquellas cosas que más fácilmente pasan inadvertidas (“Existió en otro tiempo un lugar donde cada pétalo era enterrado en una pequeña tumba de cristal”). La vida se asume en el tránsito y en su liviandad (“La piedra y la arena, el instante y la sombra”) mientras que la poesía es para la poeta una manera de transcurrir por un eje de coordenadas, de capturar el instante, por qué no, arrodillada ante un pequeño pájaro herido, ante una brizna sin importancia, o, como escribe en uno de sus versos, tocando el tronco del árbol como quien acaricia el rostro de un amigo.

La poesía de Julia Otxoa, regida por asociaciones del lenguaje cercanas a los procesos oníricos, es una vasta empresa de descubrimiento, una contemplación de la vida y un viaje a la frontera que es, en este caso, la eterna búsqueda del ser humano y la armonía de sus tensiones opuestas. La poeta se ve en la necesidad de expresar la duda sobre su propia entidad individual bajo la atenta mirada cósmica. Hay, frente a una realidad en constante transmutación, un asombro ante lo visible. Julia Otxoa hace patente la mutabilidad de la naturaleza en imágenes, al cabo, de esa movilidad, la de un lenguaje que se disgrega y multiplica en los vaivenes de un mundo verbal y figurativo. Cada poema, en su ser fragmentario en el libro, posee una propia y definida estructura; es un todo autónomo, rotundo, perfecto en su circularidad ambigua. Las palabras se muestran enigmáticas, y llenas de materia inefable y sobrenatural. Las allana un turbador cariz metafísico e intemporal, son testimonio de la idea de la naturaleza como sucesión movible e intercambiable de figuraciones y símbolos. La metáfora múltiple de la muerte en la naturaleza, sí, otorga un sentido a la existencia, la afianza en una dignidad moral y le proporciona una luminosidad de carácter elegíaco; en ella, la poeta transita por la expresión de su tragedia, inaugurando un espacio de realidad final.

Julia Otxoa defiende que las palabras no deben ser tanto el efluvio de una fantasía intangible y casi demiúrgica sino el instrumento con el que hay que crear una ficción comunicable y manifestar un estadio del espíritu más humano. Hay en su poética una energía vocal, casi una mística de la materia, una ilación intuitiva que es, al mismo tiempo, mirada retrospectiva y música de los límites. La mirada, en Jardín de arena, es un tránsito a la pureza de la memoria. Y la poesía se ofrece como ejercicio de revelación (“Poderosa fuerza de los augurios, canta insistente el gallo toda la tarde, el día vendrá mañana lleno de lluvia”), en clara actitud visionaria y con una voluntad de sanación, como un conjuro –nos dirá a Otxoa- ante lo que hiere.

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Esta entrada fue publicada el 31 marzo, 2015 por en ENTRADAS, PRENSA, RESEÑAS.

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