ED. LA PALMA colección:eme

eme ::: ESCRITURA DE MUJERES EN ESPAÑOL

tra(n)shumancias por Ángela Segovia

Madriz, 24 de junio de 2015 —

poema_luz copia

Al leer tra(n)shumancias ocurre que la lengua se libera, no se trata de leer una lengua liberada, que también, sino que la propia, suelta anclajes, raíces, se suelta como de una conciencia limitada, de un espacio limitado en que estaba, y pasa a un espacio que abre, un estado que se parece un poco a la infancia que se parece un poco a la vejez, que cuando empieza a fallar o cuando no llega siquiera a ver del todo las paredes de la corrección puede saltarse a toda una libertad, algo como un ángulo, un incómodo y mutante ángulo. Entonces es cuando la lengua pasa de ser un continente un contenido, de ser una cosa que recibir, de ser algo que se lee, a ser algo que hace y que se hace. Algo que hace hacer.

¿Cómo se hace liberar una lengua? Cómo sucede? Imagino que hay muchos procederes para hacer eso, aquí veo uno en cómo el personaje ritmo y el personaje sonido salen ganando terreno en un bosque de cosas que no dejan de pasarse. Veo uno en cómo las palabras viran para salirse de su territorio sintáctico, en cómo viran para salirse del acomodo gramatical, en cómo viran para hacer de frases hechas frases hacedoras, en cómo viran para lucir mascaradas, para directamente nacer “su cara toda surecita”, de puro material herbáceo, como si el alfabeto fueran nada más frutos que caen del árbol, del nogal, o del cerezo, y sí… Veo un proceder en ese movimiento de traslación que todo el rato sucede. No es sólo que el libro ponga relatos de traslados, esos vaivenes entre Galicia, Buenos Aires, París o Londres, sino que las palabras viajan también, y llega un momento en que todo empieza a girar girar girar, todas las palabras, y eh, resulta que se encuentran unas con otras en lugares inesperados, se miran a la cara las palabras, las caras de las palabras, y como que se reconocen, no? El oro de los inválidos de parís se reconoce con la corona de la reina inglesa por ejemplo, y así hacen otras vidas, por eso decía que libre se libera la lengua, todo un hechizo.

/her her her litel tree

suu suuyo de la reina el árbol

de su royal garden de ella perteneciente /

su coronita de oro del diente

de los inválidos

Y a este trasladarse ayuda, claro, y mucho, esta cosa de las lenguas (idiomas) que se vienen a hacer compañía de la manera más amorosa, resulta que simplemente se ponen unas junto a otras y esperan a ver qué cosas les pasan desde ópticas del todo libres, también, cómo un niño elige: aquí enfoco aquí enfoco aquí trazo la línea que une, entonces es como el sur de la cruz del sur pasa a ser el sur de sur la table, graciosa juntanza de palabras, pastoreos, maquinarias de mutación, sur sur, sur sobre, y entonces hacen esos lindos cortocircuitos las palabras en el cerebro, son como un veneno, eh, como las dedaleras, pues así, un veneno de hacerse bellos bellos hasta quedar inconscientes.

Y de pronto, en ese virar, topas tú de cara con una cosa que así de golpe me sale llamar ternura, los solecitos del bosque. Y escenas en las que de algún modo siempre se acaba bailando. Ternura y fuga. El baile es como un desvío de los cuerpos cuando ya no hablan sólo con palabras, cuando se salen de ser una cosa, van más allá del reconocimiento en un yo o en un tú.

la niña la

del abrigo rosa preguntaba

y cómo sabes tú que tú eres tú

(la madre espera)

como sabes ti que ti es ti

(la madre espera aún)

comment tu le sais que toi est toi

cómo sabes tú que tú eres tú cuando te miras en el

espejo así pastando fuera

como sabes ti que ti es ti cando estás a mirarte           bailo

cuando tu bailas         criatura

eso Le respondió La madre que había estado esperando

mucho rato

antes de decir

Es que me parece que bailar es justamente lo que hacen las palabras de tra(n)shumancias, bailar, virar, girar, sobre sí mismas, en la oscuridad del bosque que son ellas, y de pronto ras, se encuentra una con otra, y ras otra con otra, y la niña y el ancián que señalan una línea ahí otra ahí, y las caras que se dan la cara de sorpresa diciendo a mil. Diciendo a mil, mucho más que diríase queriendo decir tal o tal: “no es sencillo arrancarle el sentido a los nombres y a la sintaxis pero tentar habría que tentarlo     habría que llamarse para eso gertrude en vez de Eulalia o silvia a min aghora mesmo ghustaríame perder o sentidiño…”

Ternura y fuga y el libro acaba por hacer una fuga. Por cierto que se empezaba a sentir eso de principio y qué linda sorpresa al ver que luego acaba dando fuga ya con una cosa de voluntad dicha. Las fugas son acciones desterritorializadoras, como la máquina de lenguaje que hace Pichel en estas páginas, y para mí que la progresiva vegetalización y animalización de las cosas que suceden en ellas también son acciones desterritorializadoras, porque por eso la lengua medra como tojo o hiedra, y más allá incluso. Y que además en la cosa de paisajizarse la lengua, resulta que se lenguajea la paisaje y muta género, por qué no, es como una muller que vira e vira e vira una muller sobre si mesma     alá     no medio do lugar da aldea da parroquia     caendo de inconsciencia.

¿Qué es medrar en tra(n)shumancias es otra bonita pregunta que me sale hacer en esto? Sucede, creo, que medrar se vuelve una especie de palabra-llave, o más bien palabra-pulsador, que concentra esa acción de vegetalizarse el lenguaje. El medrar es lo propio de las plantas y los bosques, y su medrar, su crecer, es un extenderse que impregna, que tra(n)smuta. Pasan las hiedras medrando entre los hierros, sobre las casas y dentro de ellas y acaba París siendo un bosque, un bosque, azul, dorado, con pájaros azules y dorados, un bosque al fin, desde luego no un monumento, como los inválidos, que empiezan a tropezar en lo que deambulan. Sucede entonces que el crecimiento es uno de los movimientos básicos del libro pero no se trata de un crecimiento lineal ni mucho menos de una evolución, nada que ver, se parece más a un encadenamiento sucesivo de nacimientos porque de lo que se trata es de hacer movimiento, viaje y viraje, cambio, tra(n)shumancia; acción y pluralidad que diría Arendt. El efecto del medrar es el de los desvíos, caminos que se abren partiendo estatus, rigideces, un virar anchísimo que pone todas las palabras y las voces, las personitas en ellas, a dar vueltas para reencontrarse de mil formas distintas. Lo que me parece bonito de aquí, y que quizás medra en ternura, es que cuando se adjetiva el verbo, cuando se pasa de medrar a medrosa, a la imagen que ya teníamos en la cabeza del crecimiento que todo bosque lo vuelve, le aflora otra seña, medroso es algo así como temeroso, aunque a mí me parecía que la mujer que aparece medrosa en el poema tenía una expresión más de confusión que de miedo, y la imaginaba medrosa, sí, por ver tanto viraje alrededor de las cosas las palabras, es un asombrarse que me parece además más melancólico que temeroso, y quizás en ese estar medroso surge un poco de la tanta ternura que anda flotando por el libro, pensaba que esa mirada medrosa es la que recupera recuerdos, gestos, palabras del pasado y las pone también a virar en este baile de ahora, en este libro-baile de ahora, y así sigue medrando el pasado recuperado, el futuro arboleado, el presente en que estamos. Es que “una boca libre es una mano pasando el pan”, o sea que ese medrar para alante es un conectar, un hacer algo común, algo común como un baile, un almuerzo, así de alimenticio todo, como en las comunales cañadas el amontonamiento no es por puro amontonar, es eso que decíamos: juntanza que hace nacer y respira de tantas. La potencia está en lo de polinizante que Pichel ve aquí y allá, unos encajes altamente elásticos y conceptivos. Tanto que igual los que se fueron polinizan aquí ahora.

Otra cosa que quería decir de las fugas de tra(n)shumancias es que son errancias que yerran, son un errar, en el sentido de deambular y en el sentido de equivocarse, son como la Eulalia que erró errada. Puede que el error sea la contraseña básica que abre todos los bailes de aquí. Niños y anciáns. Antón el jorobadito mudo, qué hermosa me parece esta parte de la historia en que se tragó entero un cesto grande de cerezas y se ahogó con una y la belleza baya bermellona lo atravesó y lo arrebolado iba a recomponerle los huesos y el habla crebadita. Me acordé del jorobadito de Bolaño, del jorobado de Dylan Thomas y del jorobado de Pirandello y de tantos, esta cosa de cierta disfuncionalidad que también hacen los poemas, atragantándose a sí de huesos de cerezas de dedaleras de espinitas de tojos de til des, poniéndolo todo bello bello b/bermellón con v y con b, bermellón venenoso de virar la cabeza, un filtro nomás, donde atragantarse para equivocar y más lo que sale ya errado errando.

Tanto libera la lengua leer tra(n)shumancias que dan puras ganas de salir malhablándolo todo, entre bailes, celebrando a las fugitivas Eulalia Harriet Tubman y resulta que ya está sucediendo, en Madrí, donde la poeta se vino a leer, que lea pues.

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Esta entrada fue publicada el 14 septiembre, 2015 por en NOTICIAS Y PRESENTACIONES, RESEÑAS.

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