ED. LA PALMA colección:eme

eme ::: ESCRITURA DE MUJERES EN ESPAÑOL

“Cenizas”, de M Cinta Montagut en Tam Tam Press

/ Tiempo, palabra y memoria para seguir amando y soñando…

La poeta y profesora María García Zambrano escribe sobre el último libro de la poeta y crítica M Cinta Montagut, “Cenizas”, nº 8 de la colección Eme que dirige la poeta Nuria Ruiz de Viñaspre.

Por MARÍA GARCÍA ZAMBRANO

En estas cenizas, de la poeta Cinta Montagut (Madrid, 1946), late un sentido más allá de ese “polvo gris” de su significado, pues en estas cenizas se esconde esa doble simbología: lo que nos queda de lo que se ha consumido, esas pasiones, ilusiones, experiencias que han ardido en la hoguera del tiempo… Pero también las cenizas como símbolo de esperanza y renacimiento, en la figura mitológica del ave fénix, o incluso ese polvo enamorado del que hablaba el poeta.

El lector se impregna de estos versos sagrados, porque sagrada es la poesía, como un ritual. No para encontrar los significados de las cosas sino para descubrir la luz que palpita en ellas. Porque las palabras nos traen la aurora de un tiempo pasado que la poeta acepta pero que rescata y transforma en devenir, en esperanza, en posibilidad. Eso es, debemos encontrar esa aurora que iluminó a Montagut, para que nos ilumine, también a nosotros, lectores. Que el sentido de estas cenizas no sea la muerte, no sea la disolución de los cuerpos (en palabras de Cirlot), que no sean la amenaza para retornar. Sino el recordatorio de que hubo un ave que se consumía, sí, irremediablemente, pero que de la médula de sus huesos nacía otra ave, y así ad infinitum.

Sobrevivir a cada instante y vencer el tiempo, vencer la muerte. Y para ello está la PALABRA, como el triunfo de la creación sobre el ocaso. La transformación, la alquimia: que el lenguaje sea ese elemento capaz de permutar el no ser. Las cosas del mundo que nacen del fuego y a él regresan, perviven y así sucesivamente gracias a las PALABRAS.

María Zambrano en su filosofía nos dice que “hubo un tiempo en que las palabras eran como los dioses”. Quizá un tiempo en el que lo humano ardía con más fe y esperanza. Un tiempo que nos deja, en palabras de la poeta “esos cuerpos que fueron refugio para otros cuerpos”. Hubo un tiempo que quizá solo podamos aprehender a través de los nombres: rescatarlo de la memoria, como lo hace Montagut, poeta en constante búsqueda:

“Volvimos a nombrar/ lo que un día olvidamos/ una aguja en un labio, un puñal, un silencio/ todo lo que fue herida quedó en aquella mesa”…

Porque, nos dice, “hace frío en el mundo”, y hay que tejer tapices que contengan la voluntad y el aire de la mañana”. Hay que tejer un texto que nos sostenga, tejer, con las palabras sagradas que, sin embargo, manidas y carentes de su original significado, habrá que redefinir, trabajar la lengua como una artesana, cincelar el nombre para que llegue al alma de las cosas, al centro de esa hoguera.

“Hoy hace frío en el mundo”, mucho frío, y esta poesía nos permite calentar el corazón con una razón más alta que la razón, la razón poética. Y estamos preparados para escuchar la voz de la poeta que ha tejido esta hermosa colcha que no está hecha de cenizas, o no solo, porque en esta obra encontramos el temblor de lo que arde, el temblor de lo que fue renombrado con palabras que son hilos, salvaguardadas del incendio gracias al lenguaje.

Entonces tomamos el libro, este objeto sagrado, y en la contraportada apenas nueve versos que condensan la esencia de la poesía de Cinta Montagut: el lenguaje como única posibilidad de encontrarnos con el otro, abrir caminos a través del silencio en un afán de trascender la individualidad propia del poeta para formar parte de ese MUNDO, en el que hay una nave donde debemos estar todos, que surca el silencio y abre los caminos helados de los días. A partir de esta poética estamos preparados y abrimos el poemario como un tesoro y lo hacemos buscando la voz que nos hable de nuestra propia voz, que el dolor provenga de las mismas heridas. Conocer y reconocerse. Encontrar las palabras que son suyas en las palabras nuevas. Iniciar el viaje.

No obstante, necesitamos señales luminosas que nos indiquen el camino: referencias, el índice, los títulos… Siempre en busca del paratexto que nos haga más fácil la comprensión. Pero la poesía es tarea de los dioses. Y Cenizas es un canto unitario, dividido en tres sí, pero sin títulos ni rupturas. Apenas tres citas muy bien elegidas que nos introducen cada una de las partes en las que se vertebra el texto final.

La primera consta de ocho textos que son la confirmación de una poética que se sustenta en la necesidad de nombrar esas palabras que sostienen el mundo y sostienen también a la poeta. El canto en el ocaso de quien ha vivido y ahora, con este frío en el alma, quiere “escribir otra vez, para encender las hogueras”. Y soñar, (se dice en la película Leolo, porque sueño no lo estoy, no estoy loco). Claro que no estamos locas: necesitamos soñar. Soñar un tiempo nuevo, un tiempo necesario, un tiempo en el que las palabras den vida. LA PALABRA como un verdad que permanece, la autora lo dice: “en el umbral del sueño, solo la verdad permanece despierta”. Y esa verdad a veces nos duele tanto.

La segunda parte se abre con una cita de Gallego Ripoll, “pues solo somos agua condensada en un vidrio: la memoria”, que nos introduce veintidós poemas en los que la reflexión sobre el lenguaje da paso al TIEMPO como eje, un tempus fugit, una memoria que nos devuelve imágenes de lo cotidiano que fue y el recuerdo. Recordar, volver a pasar por el corazón, aunque duela, en la noche como la protagonista: “hay noches de las que nada queda”, “noches que fueron promesa o engaño”… Recordar los silencios, las presencias, los cuerpos… Como fogonazos del devenir: “el pájaro en la ventana/ las manos, las voces/ la pestaña que contiene un deseo”.

“Así se van siempre las cosas, o no”, nos dice la poeta. Paradoja que se resuelve cuando es el sujeto lírico el responsable de RECORDAR también a aquellos que buscaron… La memoria como lo único que nos podría curar de ese paso del tiempo inexorable, y terrible.

La poeta, para retener esos días pasados, quiere tatuarse la piel, es decir, escribir en el propio cuerpo lo que la memoria no pueda retener, ¿será posible?

En esta segunda parte, además, el amor se convierte en materia que ha ardido, antiguos latidos que hoy son ceniza. Un amor que llega súbitamente y nos sorprende. “¿Podrá la memoria atrapar el color del deseo y las playas secretas de la piel?” Preguntas que surgen en la lectura de unos poemas que no están cerrados sino que te dan la posibilidad de aferrarte a la esperanza. Porque en esta segunda parte nos convoca explícitamente a nosotros, los lectores. “Porque todos venimos de lugares extraños”, lugares donde latió la vida. Y esos lugares podrían ser esa casa donde “la soledad habita en cada mueble / mientras el sol, tibio y distante / dibuja sombras en la pared del cuarto / que espera la llegada del invierno”.

Aquí la poeta muestra la templanza de quien ya sabe qué es esto del vivir y a quien “le gusta contemplar ese tiempo que se escapa”, aceptación serena. Serenidad en estos versos en los que encontramos y asumimos una verdad irrefutable: “No hay palabras para parar el tiempo”. El tiempo permanece intacto hasta el triunfo final de las cenizas.

Llegamos a la tercera y última parte y leemos estos dos versos de Inma Luna: “Debajo de la lengua/ se esconde el grito”. Y nos recuerdan ese breve poema de Alejandra Pizarnik titulado “Solo un nombre” que dice: Alejandra Alejandra/ Y debajo estoy yo/ Alejandra.

Buscamos entonces qué hay debajo, la raíz de la que nacen estos textos, y nos damos cuenta de que es a partir de la propia experiencia de la autora, quien sabe de ese grito camuflado, que se articula en la ciudad como escenario de la inminente desolación. La poesía es, sobre todo, una vía de conocimiento, indagar sobre la esencia del ser, el tiempo y la muerte. La poeta es una sombra que no puede olvidar ese dolor, ni lo pretende, porque ahí radica también la sabiduría de quien ha vivido y está en el momento de transmutar esas vivencias en un canto colectivo, volver a pasar por el corazón esas vivencias para com-partirlas.

Observamos aquí que la voz de Montagut se debate entre quien busca un pretexto para vivir, poeta fingidor porque vivir, dice, es de alguna forma fingir (sobre todo cuando se ha conocido ese dolor), y, sin embargo, en el discurso se abre la posibilidad de salvación, porque vivir también es caminar para encontrar el centro. Ansia de un sentido que sin embargo está oculto. Encontrar no es buscar. Y esto nos lleva a María Zambrano que en sus Claros del bosque afirma:

“El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira. Es otro reino que un alma habita y guarda. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos”.

La verdad oculta a la que la poesía se acerca, es un lugar al que adentrarse en soledad. No obstante, Montagut también nos convoca, pero escéptica no halla respuesta, ya que “nadie sabe”, afirma su texto. Y se pregunta entonces, “¿quién vendrá en este tiempo oscuro a rescatarnos?”. “Y la sed se instala para siempre en la gargantas”, profecía de que siempre habrá algo de lo que no se podrá hablar: lo inasible, la imposibilidad de darle nombre.

El eje SABER/NOMBRAR como indagación ontológica que nos lleva a una poética desde la madurez, quizá desencantada, de búsqueda y aceptación, da paso al eje RECORDAR/RESCATAR. Porque la poeta está dispuesta a encontrar acercándonos a ese centro místico y misterioso donde se nos revele la manera para vivir, y para ello es imprescindible “tener terca voluntad”, dice. Sin voluntad las cenizas simbolizarán el final de todo. Esta es la voluntad de quien cincela la lengua: “el ser que atraviesa la tierra con su voz”. Acertada y hermosa metáfora. Porque hay que vivir, nos dice Cinta, “dispuestos a todo cada día/ hay que vivir sabiendo que los sueños son posibles/ y derriban puertas”.

En estos versos radica el sentido de estas cenizas y se resuelve esa duplicidad de una voz que acepta y se lamenta y sufre, pero que sin embargo convive con esa otra voz que está dispuesta, en su quehacer poético, a derribar los muros de la casa para que entre la claridad, al aurora, la palabra, el amor.

“El misterio que es seguir amando en este tiempo”, es la propuesta de la poeta.

Esa belleza que sorprende en la profunda oscuridad del presente como la imagen certera en la poética de Cinta Montagut, que ha venido además desarrollando en estos y en anteriores textos.

Asumamos entonces lo que la autora nos revela en este libro como una máxima para sobrevivir:

“He llegado hasta aquí”
para encender las hogueras”
“escribir con palabras de la tribu”
“borrar las fronteras”
“para seguir soñando
y amando”

Y añadimos, a pesar de todo y de todos.

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Esta entrada fue publicada el 14 diciembre, 2015 por en ENTRADAS, PRENSA, RESEÑAS.

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