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La nada que parpadea por Ernesto Suárez

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Texto leído por el poeta Ernesto Suárez en el acto de presentación celebrado el 23 de septiembre de 2016, en la Librería Mujeres de Santa Cruz de Tenerife

Publicado en Revista Tendiencias21

En su libro La vida continua, recientemente traducido por Dámaso López, Mark Strand incluyó un poema titulado “Poesía narrativa”. Extraigo de ese texto lo que sigue:

“Él dijo: Lo que me preocupa es la narrativa que no proporciona un marco coherente para medir la transición espacial o temporal, la narrativa en la que el héroe viaja, creyendo que avanza, cuando en realidad está quieto. Se convierte en el único conector, la encarnación de la narrativa, su terrible engaño, la pesadilla de su propia irrealidad. Quise recordarles que el poema narrativo ocupa el lugar de una narración ausente, siempre absorbiendo la ausencia de esta para poder ser nombrada, a la vez que abandona continuamente su propia presencia a las sobrecogedoras soledades del olvido. La narración ausente es en la que, quería decirles, nuestro destino está escrito. Pero se habían ido antes de que pudiera hablar”.

En la contraportada de La nada que parpadea, sexto libro de poemas publicado por Yaiza Martínez, la propia autora define su libro como un poemario-relato, además de declarar que ese relato sigue una geometría fractal.

Entre los críticos que ya han prestado atención a este nuevo libro de Yaiza, Laura GiordaniCarmen Anisa coinciden en enfatizar el papel que juega la caracterización estructural como dimensión básica de la obra. Laura Giordani, por ejemplo, anota que “la escritura poética se articula conforme a una geometría precisa y va desplegándose de acuerdo a una estructura espacial que la precede” .

Esa estructura es una en particular, el modelo del laberinto circular de Chartres. Carmen Anisa describe de manera más precisa esta clave estructural del poemario: “el libro aparece dividido en doce partes, once de ellas señaladas con números romanos; la última lleva un título, Jenabe, y está compuesta por doce poemas, hasta llegar al final, el poema no numerado, el origen o el centro, la semilla y la molécula. (…) La estructura del libro viene también marcada por la tipografía: negrita, para el poema inicial de cada sección, cursiva para las palabras de la vocera, y normal para la voz poética que narra”.

Por su parte, Antonio Mochón ha hablado de la naturaleza fractal del lenguaje en la poesía de Yaiza Martínez: “Fractal, esa figura geométrica en la que cada una de las partes mantiene una relación de semejanza con la figura completa. La esencia del lenguaje es fractal y la poesía eleva al máximo las posibilidades del lenguaje (…) Por eso muchos de sus poemas son un volver a lo mismo, una letanía de imágenes con que se nos sugiere, por un lado, la fractura del lenguaje y, por otro, la fractura interior”.

Una de las características que permite describir un objeto geométrico como fractal es que se define a partir de un algoritmo recursivo, es decir, un algoritmo que expresa la solución de un problema en términos de una llamada a sí mismo. Es una maravillosa metáfora de la propia poesía. “El laberinto es el hilo es el laberinto es el hilo”, son los versos que inician el libro de Yaiza y que son recurrencia a su vez de aquellos otros de Gertrude Stein. Una pregunta: ¿por qué, tal y como hizo Stein, sin embargo limitar la repetición? (una rosa es una rosa es una rosa es una rosa) ¿Qué fenómeno sucede si se mantuviera tal repetición de manera continua y aumentada?

Otra potente metáfora poética de origen matemático relacionada con la figura fractal nos puede ayudar ante la pregunta. Gaston Maurice Julia, matemático y francés, le da nombre al Conjunto Julia. Al aplicar sucesivas veces una función polinómica el resultado tiende a infinito ¿Es posible cerrar esa tendencia, acotar el infinito? El laberinto circular, su frontera o límite, es un conjunto de Julia. Quizás, también todo poema afronta el conjunto de Julia: contener y responder al infinito siendo la ausencia del infinito. Así, el poema como aquello que es y no es el poema. Apropiándonos de las palabras de Strand, podría decirse que el relato que traspone La nada que parpadea es una narración ausente. Tal ausencia, además, se configura de manera plural y ocupa múltiples lugares. Apunto con brevedad alguna de esas ocupaciones.

El mensaje es tormenta solar que en lengua se arremolina.
Luego sube, al lago de fontanelas,
desbocado.

Yaiza Martínez y Ernesto Suárez, en la presentación de "La nada que parpadea" el pasado 23 de septiembre en La librería de mujeres de Tenerife.

Una duda incómoda

El lenguaje en si mismo como mensaje. Su ejercicio, la labor del decir, es una intención, ante todo, lingüística, primaria. Después será cuando se des-boca, esto es, cuando deja de ser lengua y paladar y saliva; después es cuando está en el afuera de la boca y transita hacia la mente. La potencia humana primigenia, orgánica, es verbal: constituye nuestra esencia filogenético. Lenguaje y conciencia andan de la mano, y sus condicionantes a la hora de afrontar el mundo son semejantes. Recuerden sin embargo que la fontanela, esa membrana craneal perceptible a simple tacto en la cabeza de los bebés, va perdiendo poco a poco flexibilidad hasta osificarse. A medida que pasa el tiempo se reseca su lago, se endurece.

Yaiza Martínez apunta por tanto una duda incómoda, toda vez que en la sintaxis de sus poemas -vuelvo a evocar a Strand y al conjunto de Julia- también se evidencia y se contrapone la falta, el abandono de las palabras o, al menos, de su fluidez. Así, la pregunta que remonta desde aquí es: ¿será que el lenguaje dota e igualmente (nos) daña?

Una de las variadas claves simbólicas que emplea la autora es la referencia al mercurio. En La nada que parpadea, mercurio -o hidragirio- muta. A veces es ese bello y peligroso metal pesado que se mantiene líquido a temperatura ambiente; otras es aquel heraldo de los dioses y, también de manera más abstracta, el mismo principio hacedor del cambio, de la transmutación, la versatilidad o el cruce de los límites, incluido el de la muerte.

Yaiza por tanto manipula a conciencia la condición inestable de mercurio con el trasiego connotativo del término, poniendo en evidencia entonces -dando a la luz- su condición conflictiva. El lenguaje es mercurio y, por ende, el ser humano es mercurial. No podemos obviar nuestra condición humana y verbal. Por ejemplo, si en las secciones previas las palabras de la vocera van apareciendo de manera aislada, casi a modo de notas al margen de un discurso principal, en la novena y décima sección del libro, el decir de la vocera domina el texto, los poemas son, mayoritariamente, su voz. Parecería que por fin se va a fijar el sentido, la unicidad, ese orden de mundo tan anhelado. Sin embargo, no será así. La sección décima finaliza con estos versos:

La ingenuidad de la vocera hace reír a los satélites
como a los dioses

Sí, el decir de la vocera se ha desplegado, se ha abierto en los poemas, mas su canto, el lenguaje (y su coherencia) no salva, no protege. “Diezmo de las visiones avanza / hacia el núcleo de la trampa perseguida / por el animal irreprimible anhelo”, también deja escrito Yaiza.

Con todo, ya quedó dicho que los poemas de La nada que parpadea se estructuran a partir del contrapunto de varias voces. Esta característica permite o da pie para percibir un nuevo perfil en la reflexión sobre el libro. Los poemas se presentan a partir del engarce de varias voces en diferentes planos -la ya mencionada vocera, el cazador, la narradora, el aranero-. Así, quien los va leyendo sabe más que cada una de esas voces protagonistas, de manera que la lectura se convierte en una suerte de acompañamiento hacia un destino reconocido por esa persona que lee pero desconocido para sus protagonistas.

Aunque la vocera puede considerarse la figura protagónica del relato de ese viaje, el entrecruzar de aquellas otras voces va perfilando un sentido colectivo que, sobre todo en las últimas secciones del libro- se evidencia ya con nitidez. Desde este punto de vista, el transcurso por el laberinto es un viaje épico y se avanza hacia un destino común a todos los personajes del libro (incluido el lector) que se sabe derrota. El camino de la vocera es una ruta histórica o si lo prefieren la historia de cada ruta humana: desde el sur y hacia el norte; es la ruta que siguen los desheredados, los perdidos y los perdedores. De ahí este poema:

Sí, se ahogaron entre paredes
o bebieron la leche envenenada
que el rey
les envió

En La nada que parpadea, la historia humana camina hacia el colapso y recibe sobre ella toda la fuerza de las grandes olas, del movimiento imparable del mundo. Tal es la evidencia última, aquella que ocupa acaso el centro del laberinto: “los desdentados husmeando en la mandorla” se puede leer en otro de los poemas. En este punto, el decir, el conocimiento del lenguaje resulta inútil -“Decidme qué obtuve a cambio de saber”, se pregunta la vocera ante lo que es su travesía final.

El mar o la vida siempre reclaman lo que es suyo; se cierran en si mismos y nosotros quedamos al otro lado, en el afuera de aquel seno, convertidos en nada o infinito, una ausencia. Sí, Yaiza apura la copa del más hondo reconocimiento humano y anota para quien quiera leerlo: siempre seremos apenas un parpadeo.

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Esta entrada fue publicada el 3 octubre, 2016 por en ENTRADAS, RESEÑAS.

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