ED. LA PALMA colección:eme

eme ::: ESCRITURA DE MUJERES EN ESPAÑOL

Desde el Sinú, territorio poético de vida

DIECISIETE PEPITAS DE CAFÉ. CONSTRUCCIÓN POÉTICA HACIA LA PAZ
Queda la palabra Yo, antología de poetas colombianas actuales en Festival Ellas Crean, Conde Duque.

FOTO: ELENA QUINTANAR / ELLAS CREAN

Recién aterrizadas desde Colombia, cinco de las diecisiete autoras que componen la Antología de poetas colombianas actuales Queda la palabra Yo, número 14 de la colección Eme (Escriitura de Mujeres en español), nos regalaron sus voces nuevas llegadas de un país bello y difícil. Y con el epígrafe Diecisiete pepitas de café, Carmen Rosa Millán, directora del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá las bautizaba en este libro. El arco generacional del volumen, llevado con sumo acierto y cuidado de sus antologadoras y también poetas Ana Martín Puigpelat y Verónica Aranda, despunta con María Mercedes Carranza nacida en 1945 -con una representación de su poema en la contra del libro-, y se inicia con Piedad Bonnett de 1951, hasta la más joven de las poetas, Irina Henríquez de 1988.

Desde el Sinú, territorio poético de vida

En el escenario, y dispuestas casi coreográficamente acabarían dibujadas cuatro coloridas garzas, bautizadas como Las garzas del Sinú y personificadas en las poetas Yirama Castaño, Beatriz Vanegas, Eliana Díaz, e Irina Hernríquez, porque esta antología nació allí, en Cereté, cuyo río Sinú arrastra tanto drama como vida. Y si hay algo que tiene Colombia es color y garzas. Todas ellas cuidadas y bien miradas por la narradora y ensayista Consuelo Triviño y Lena Reza, heroína en su tierra por haber conseguido hacer pervivir durante 25 años un Encuentro Nacional e Internacional de Mujeres Poetas en un lugar donde las cotas del machismo superan todo.

Al otro extremo del escenario, equilibrando ese navío poético al que todos nos subimos, tripulaban Emilia Lazo y Pablo Cáceres (voz y guitarra), nos regalaban emotivos momentos musicales que nos balanceaban como una nana. Así que allí todo, arrebujado en ese espacio que bien podría haber sido aquella nave en la que Ulises pidió atarse al mástil para no abandonarse a esa belleza de sirenas. Pero cuando hay tanta música en la poesía y tanta poesía en la música, lo mejor es desatarse de todo mástil y dejarse ir por estas mudas artes inseparables. Barco donde un perfectísimo castellano y un exacerbado amor a la palabra nos decía poemas junto a esas aún inolvidables y emocionantes canciones que nos regalaron Emilia y Pablo.

La poesía en Colombia es algo así como un cultivo post conflicto. Allí las trabajadoras de la palabra, las que edifican su vida, su casa, y su cuerpo palabra a palabra, la conciben como algo transformador y sanador. La palabra para ellas es la llave, la puerta y la casa. Por eso todo parece superable desde su mirada creadora, de hecho en esa reunión a la que asistimos se cultivó grano a grano la poesía y la música, sinónimos ambas de la paz siempre ansiada.

Fue una tarde con latido colombiano donde las poetas pusieron la esperanza de unas voces nuevas que nacieron en un país viejo. Y del mismo modo que las condiciones geográficas, el clima tropical y las altas montañas del país son ideales para el cultivo de café, idénticas condiciones conformaban la escritura y la lectura de las poetas, pues esa misma tierra caliente que corre por sus venas se traduce en la temperatura del poema.

Pero como hemos dicho, Colombia también es un país difícil. Prueba de ello fue la muerte de María Mercedes Carranza, una de las poetas colombianas más importantes del siglo xx que precipitó su muerte a la joven edad de 58 años. María Mercedes cambió el canon de la poesía colombiana.

Transcribimos textualmente la noticia: después de terminar su jornada del jueves 10 de julio de 2003 en la Casa de Poesía Silva, la poeta bogotana María Mercedes Carranza fue a su apartamento, llamó a Melibea, su única hija, quedó con ella para desayunar, le escribió al día siguiente una carta de despedida, se recostó, tomó un coctel de píldoras antidepresivas y whisky… y esperó.

Así decidió concluir su vida una de las poetas colombianas más importantes del siglo veinte. Por justicia poética esta antología es en cierto sentido, un homenaje a su nombre, a las palabras, y un llamamiento a la palabra paz y todo lo que conlleva ese vocablo a través de la poesía. Y si hablamos de poesía colombiana no podemos pasar por alto a María Mercedes, ya que la mujer por más largo tiempo considerada la mejor poeta de Colombia. Dicen que murió de tristeza. El profundo dolor que le causaba el secuestro de Ramiro, uno de sus hermanos, en poder de las FARC desde hacía años, hizo que acabara con su vida voluntariamente.

En uno de sus últimos libros, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), la poeta hace un juego de palabras y juega con los nombres de las masacres más dolorosas que ha vivido el país. Ahí queda pues la impronta del poema Sobran las palabras, donde la poeta asesina a palabras como solidaridad, libertad o igualdad, por haberla abandonado en vida.

Colombia está en continuo movimiento, llevan a sus espaldas años avanzando hacia la paz. Y este avance es imparable. Hoy es un país riquísimo en muchos aspectos y donde hay grandes amantes de la poesía y de todas las artes…, me da por pensar que los conflictos siempre son vencidos a través del arte y con festivales como el famoso Festival Internacional de Medellín, o la famosa Casa de la Poesíadonde Maria Mercedes pasó sus útimas días reunida con colegas, o el Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en Cereté, región, por cierto, donde las cotas del machismo superan todo.

Me atrevería a decir que todas estas demostraciones artísticas en Colombia, no son sino celebraciones que surgen como oposición a la barbarie y con el único fin de afirmarse en esa necesidad imperiosa de construir un país más justo y más en paz. José Saramago  escribía en estos márgenes “Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y contra los caprichos belicistas de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad.”

Así, llegados al ecuador subidos a ese barco, sonó el poema Territorio de delirio (Patricia Iriarte) en boca de Emilia, y guitarra de Pablo, territorio idóneo que dio paso a la primera voz de Yirama, seguida de sus compañeras.

 

Territorio de delirio

Madera y cristal

que te guarda

que te contiene

que te anuncia

Que me revela

dulces caminos

que me salva

Tu cuerpo

curso de agua

sobre la piel del mundo

Hoja en blanco

para mis labios

Libro abierto

región alada

territorio de delirio

vestido azul

para mi sed

Tu cuerpo,

mi secreto

 

Concluyó la unión. Música y poesía bajo el árbol de la paz y la libertad. Concluyeron los músicos dando voz al poema Pájaros de Irina Henríquez, mientras transcurría otra curva en el horizonte de todos los ojos, la curva de las 17 autoras que dieron luz y voz a este libro. Y es que, como diría la poeta Ana Matín Puigpelat, una de las antologadoras del libro, la poesía colombiana transita curvas y se viste de voz mujer y dice y nombra y da vida.

 

Pájaro

Se posa en la rama

Y la rama ignora si es viento

O pata de pájaro su roce.

Vuela

Y el viento ignora si es rama

O ala herida su vuelo.

Cae

Y no hay rama o viento

Que detengan su doloroso

Encuentro con la tierra.

 

Curioso que la palabra Pájaro (poema que como digo cerró el acto) aparezca en el libro 19 veces repartidas en las 17 autoras… Y si existe un símbolo para definir la paz y la libertad ese símbolo es el pájaro. Las garzas de la vida, cuyo territorio -el cielo- es territorio poético de vida.

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Esta entrada fue publicada el 21 marzo, 2018 por en ENTRADAS.

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